RETRATO SIN RETOQUE

PERFIL Y PORTADA DE LA CULTURA EN NAYARIT
Shantal Contreras

Estoy de pie y en cueros frente al espejo.
Óscar Zeta Acosta/ La autobiografía de un búfalo prieto

Nací en el letargo de las tres de la tarde hace treinta y nueve años menos cuarenta días de inexistencia. Sobre ese día, mi madre solo recuerda la paciencia con la que yo esperaba a que resbalara la leche de sus ubres sin pezón para beberla. A los seis años, descubrí la doble gracia de los senos.

Mi abuelo paterno tenía una cantina en el centro de la ciudad de Tepic, en la esquina de Miñón y San Luis. Cuando mi abuela paterna y mi madre se perdían en el punto de cruz, salía al patio a escalar el muro de adobe que separaba la casa del abuelo de la cantina. Con la cabeza asomada entre el tejaban y el filo de la barda veía bailar a “las perdidas” -así llamaban a las prostitutas en el barrio-. “Las perdidas” se movían gráciles bajo el peso laxo o torpe de los borrachos; algunas veces las vi bailar a solas, tan alegres y bulliciosas, que las palomas dejaban las vigas del tejaban para unirse a su alboroto. Un domingo, como a las ocho, después de que mi abuelo apagara la luz de su cuarto, escalé con sigilo para asomarme a ese otro cielo. Prendida en la fiebre, brutal de mi sangre, te llevo muy dentro, muy dentro de mí; te niego, te busco, te odio y te quiero y tengo en el pecho un infierno por ti, “Te odio y te quiero”, de Julio Jaramillo, cantaba una morena de párpados azul eléctrico mientras otra mujer le quitaba la ropa. La otra mujer, la que no me importaba, desató el sostén de la morena y me mostró otra manera de alimentarme. Me abracé al muro con tanta fuerza que percibí su aroma a tierra mojada. A “las perdidas” las separaba del bullicio de la cantina una cortina floreada y el muro de mi contemplación.

A los trece, la cantina del abuelo y la mujer de párpados azul eléctrico eran olvido. Por esos años, pasaba las tardes con Isis y Osiris entrenando palomas mensajeras en su palomar, en la colonia San Antonio. Al salir de la Esteban Baca Calderón, los tres pedaleábamos a toda velocidad hasta su casa; llegábamos con los hombros ardiendo por el peso de las mochilas de la escuela. Ellos ponían a cocer chayotes sobre la estufa y recogían aguacates para comer, mientras yo anillaba a las palomas antes de soltarlas a su primer vuelo. Acostada sobre el techo del palomar, comiendo verdura con sal, descubrí que algo había en mí de ave y de poeta. No me atrevía a escribir, ni a meter mis palabras en un diminuto cilindro metálico. Querían ser libres como las aves, no podían ir atadas a su tarso. Al terminar la secundaria, Isis y Osiris se fueron a vivir a Tijuana; el día de su partida soltamos todas las palomas, sabíamos que regresarían una y otra y otra vez.