Periodico Express de Nayarit
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Vida y obra de Don Francisco Indalecio Madero González

Por Jorge Alberto Contreras

2007 / 10 / 31

Ayer se celebró el 134 aniversario del nacimiento de don Francisco Indalecio Madero González, bien conocido con los títulos de apóstol y mártir de la democracia pues fue ambas cosas: apóstol desde los primeros años del siglo XX y mártir desde el 22 de febrero de 1913.

Después de vivir por más de treinta años bajo la dictadura del general Porfirio Díaz Mori, los mexicanos de antaño no podían saber lo que significaba la palabra “democracia”. Muy pocos lo entendían de oídas, unos cuantos lo habían leído en la literatura política francesa de la Ilustración y la gran mayoría ignoraban para qué servía, o con qué se comía.

Francisco I. Madero aprendió lo esencial sobre la democracia durante los sucesivos periodos en que vivió en Francia, en otros países europeos y luego en Estados Unidos. En estas naciones vio, estudió y vivió la democracia: una experiencia de teoría y práctica comparada frente a las fictas costumbres electorales que habían tenido lugar en el país desde el 21 de septiembre de 1821, cuando la monarquía española declaró que México era una nación libre y los mexicanos también, pero todo en teoría.

Lo que don Francisco I. Madero estudió fue escrito por él mismo en su libro “La Sucesión Presidencial de 1910”. Posteriormente ello sería el meollo de su prédica política, primero en los estados del norte del país y después en todo México.

Madero soñaba con protagonizar campañas políticas sin ataduras dictatoriales, que existieran elecciones abiertas a todos los ciudadanos y voto individual se ejerciera en absoluto secreto; que los resultados de los comicios fueran respetados por el Gobierno, por los partidos y por los ciudadanos y que la vida nacional correspondiera a la libertad, igualdad y fraternidad humana que había observado era consuetudinaria conducta en Francia y en Estados Unidos.

Muy pocos mexicanos comprendieron la prédica maderista. El pueblo había seguido a don Francisco Ignacio durante su lucha contra la dictadura y después en la campaña por la Presidencia de la República.

A pesar de la ignorancia y miseria, el pueblo intuía algo positivo en el mensaje de don Francisco I. Madero. El halo místico nacido de su carismática personalidad hizo que los mexicanos lo escucharan y más todavía; que creyeran en sus palabras para seguirlo con obsecuente veneración.

No sucedería lo mismo entre Madero y los de su acomodada clase económica y social. Muchos de sus parientes cercanos lo consideraron “loco” espantados ante la posibilidad de que el omnisciente y todo poderoso general Porfirio Díaz pensara, como en efecto pensó, que don Evaristo Madero y su abundante prole estaban tras las bambalinas del movimiento nacional de inconformidad contra el caudillo.

En 1911, año del triunfo revolucionario contra Díaz, don Evaristo cayó en cama y murió poco después de que Díaz renunció y salió en auto exilio a bordo del Ipiranga rumbo a Europa, un hecho que el poderoso empresario aplaudió desde su lecho, proclamando: “¡Bravo, bravo! ¡Éste es un triunfo para Panchito!

El país no aprovechó las tesis democráticas maderistas, la revolución iniciada en 1910 concluyó en 1920 en medio de luchas intestinas por el caudillaje, aunque la historia considera a dicho año como tope de la Revolución Mexicana, la rijosidad entre sus líderes se expandió hasta el 4 de marzo de 1929 en que nació el Partido Nacional Revolucionario.

De la viabilidad democrática no habría noticia hasta el año 2000, aunque esta fecha sólo destaque la alternancia entre personas y partidos políticos y mantenga notoria la evidencia de que entre los presidentes emergidos del PAN y del PRI no parece haber distingo, salvo en los colores de sus emblemas.

El ex candidato del PRD no se incluye pues constituye, hasta la fecha, una mera figuración o un “mal sueño” como dicen los gringos.

En estos días los tres principales partidos políticos están perdidos en expresiones dialéctica internas y externas; aunque todos hablan de la democracia nadie encuentra el ovillo para tejer la prueba.

En el 134 aniversario del nacimiento de Francisco I. Madero y a 94 añadas de su injusta muerte todavía se le llama apóstol y mártir de la democracia, pero si él pudiera hablar diría: “ya, ya, ya párenle. No me ‘defiendan’ con un carajo”…