Periodico Express de Nayarit
Inicio

Niños jornaleros, trabajadores invisibles, pero explotados

2007 / 06 / 29

Xalisco, Nay. /Junio 3 de 2007.- Es domingo y Chilo, el niño-jornalero, también hoy trabajó. Su cara, manos y ropa ennegrecida por el tizne revelan su oficio de cortador de caña, también su pobreza, algo de su limitada alimentación y una salud algo deficiente. Ponerle nombre y cara al problema quizá contribuya a encontrarle más rápido solución al trabajo -y explotación- infantil y a la precaria economía de miles de jornaleros agrícolas.

Está por terminar la zafra en el ingenio de Puga (Francisco I.Madero); en 2 ó 3 semanas las galeras del panteón en Xalisco quedarán vacías, sus habitantes regresarán al sureño estado de Guerrero a sembrar cacahuate o maíz en las parcelas familiares, mientras esperan que el cabo René Saldaña los contrate nuevamente con la orden de subir al camión que los traerá nuevamente a Nayarit.

La migración se ha convertido en uno de los fenómenos sociales de mayor relevancia durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI; el porcentaje de población que se integra a estos flujos es cada vez mayor, en la mayoría de los casos la cuestión es económica, comenta la investigadora Fabiola González Román.

Se calcula que en México existen cerca de 6 millones de jornaleros (Comfia, 2006) de ellos una parte importante son niños entre 6 y 14 años de edad. Según el INEGI el trabajo infantil afecta a 3.3 millones de menores entre los 6 y 14 años; en las comunidades indígenas esta tasa alcanza el 36%, la más alta. La mayoría de los migrantes proviene del sur del país.

En información reunida por la investigadora y docente de la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN) se sabe que alrededor del 42% de los menores jornaleros padecen algún grado de desnutrición y el 25.5 (1 de cada 4) no estudia, ello los convierte en uno de los grupos sociales más susceptibles a la violación de sus derechos. No se sabe con exactitud cuántos niños y niñas jornaleras migrantes existen dentro del país pero se estima que son alrededor de 350 mil, y que su trabajo contribuye, al menos, a una tercera parte del ingreso familiar.

ENTRE EL JUEGO Y LA OBLIGACIÓN

Desde hace tres años Cecilio “Chilo” Rodríguez es formalmente cortador de caña; a sus 14 años es casi independiente. Su mamá y cuatro hermanos están en Guerrero. El y su hermano de 20 años viajan solos a Nayarit para la zafra. Juntos alcanzan a la semana un jornal de mil pesos, son de los más trabajadores y de los que mejor ganan, dicen sus compañeros.

Un día normal en la vida de Chilo empieza a las seis de la mañana para esperar el camión que llevará a él y a otros al lugar del corte. No desayuna en el albergue, se espera a que llegue Doña Cruz o cualquier otra persona que a cambio de 250 o 300 pesos semanales le dará de desayunar todos los días, a veces tacos de frijoles, otras carne, a veces huevo, un refresco o café y nada más “yo me como 6 tacos y un refresco porque no me gusta la leche” comenta el niño jornalero.

Cecilio ya habla bien el español, pero le dificulta expresarse con fluidez. Recargado en un muro, en medio de mujeres que bañan niños, lavan pantalones y trastes “Chilo” platica cómo es un día de trabajo normal. Desde las 7 de la mañana hasta el medio día machetea –corta- caña. A las doce, cuando ya pega duro el sol, deja su machete para ir por “el lonche” o comida: tortillas, arroz, frijoles, carne (pollo,pescado, res o puerco) y refresco; si no hay dinero tacos de frijoles y agua. Por asegurar la comida paga otros 250 pesos semanales. A las cuatro o cinco de la tarde el camión lo regresa al albergue.

Cecilio ya es analfabeta, sólo estudió hasta segundo de primaria y no se le ven intenciones de volver a la escuela, para él ganar dinero se ha vuelto una prioridad y única forma de subsistencia.

Como cualquier adolescente le gustan los tenis, las cachuchas, jugar básquetbol en las canchas frente a la presidencia municipal, ver algo de televisión y estar con sus amigos por la tarde, antes de cenar y dormirse a las nueve de la noche en una plancha de cemento que hace las veces de cama en un reducido cuarto del albergue compartido con su hermano y la mujer que eligió como pareja.

Autoridades entrevistadas coinciden en que injusticia y explotación deben ser erradicados ya del trabajo infantil, sin que hasta ahora hayan dado con la fórmula para generar empleos bien remunerados así como la forma de dotar de garantías sociales a los diferentes sectores de la sociedad. La otra visión es la de los campesinos, padres de esos niños jornaleros, para ellos la situación no es diferente: saben que es injusto pero aunque quisieran remediarlo no les es posible porque sus raquíticos salarios no les permiten sostener una familia.

EL TRABAJO INVISIBLE

La investigación de la catedrática Fabiola González arroja que la incorporación de los niños/niñas al trabajo agrícola se realiza a partir de la percepción de éste como un “no trabajo”. Tanto los empleadores como las propias familias consideran que, estrictamente hablando, los menores no cumplen una jornada y no se emplean directamente ante el patrón. Sin embargo su labor es esenciales para la realización del trabajo en su conjunto “de ahí la necesidad de hacer visible el trabajo infantil en los campos agrícolas de la entidad” explica.

En Nayarit, las actividades están claramente diferenciadas por género y por cultivo, asociando lo peligroso y pesado (cortar, cargar, acumular) para los niños y “lo fácil” (lavar machetes, cortar café, llevar el almuerzo, ensartar hojas de tabaco) y las domésticas para las niñas.

Cabe aclarar que también se considera trabajo infantil la participación en las labores domésticas necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo, sean pagadas o no, tales como la preparación de alimentos, cuidados del hogar, de los enfermos o de los infantes, ya que dichas labores posibilitan que los adultos puedan salir a trabajar.

Como en el caso de Chilo, algunos niños aceptan su situación de trabajo con orgullo, pero otros “invisibilizan” (no reconocen) su trabajo, al creer que no hacen nada. Lo cierto –explica la investigadora de la UAN- es que deben trabajar para contribuir a la sobrevivencia del grupo familiar.

TIZNE EN LA ROPA Y EN LOS PULMONES

Juan Felipe Mateo tiene 7 años de edad, trae la cara, manos y pecho manchados de tizne. Es inquieto y sonríe todo el tiempo. Por alguna razón sus dientes también están manchados de hollín. Al igual que “Chilo” dice que le gusta ser cortador de caña, la verdad es que es tan pequeño que todavía no puede agarrar un machete, se limita a acompañar a su abuelo para juntar algunas cañas y familiarizarse con lo que dentro de unos años será su fuente de ingresos.

Los riesgos en la salud derivados del trabajo en el corte de caña pocas veces son mencionados. Además del no reconocimiento, los niños jornaleros están expuestos a diversos peligros, en el corte de caña el principal es el uso de machete, navaja sumamente afilada que les pone constantemente en riesgo de mutilarse; otros riesgos comunes son los piquetes de alacranes y mordeduras de víboras.

Además, explica la investigadora entrevistada, están los riesgos asociados a la salud, por ejemplo, los niños experimentan dolor de cuello y espalda por el hecho de inclinarse para cortar la caña; también manifiestan problemas respiratorios por inhalar el tizne (hollín) de la caña quemada.

Si la quema de la caña, explica Fabiola González, se efectúa el mismo día del corte, el humo permanece, provoca irritación de ojos y mucosas y “la irritación en la piel es constante pues la cala tiene aguates que no desaparecen del todo con la quemada”.

En la teoría los jornaleros, sus mujeres (esposas o parejas) y sus hijos tienen derecho a servicios médicos gratuitos del Seguro Social, siempre y cuando el patrón haya pagado las cotizaciones y los haya incluido en la plantilla de trabajadores. La carencia de atención en parte es asumida por programas asistenciales como el Oportunidades el cual resulta insuficiente en su cobertura.

Cuando se tiene un problema de salud, los cortadores debe acudir con su patrón les dé un pase para el servicio médico, sin ese pase no lo atienden, en caso de necesitar medicamentos que no estén disponibles en la clínica, los patrones los compran, sin embargo son pocas las veces en que les pagan los días que se ausentan del trabajo por estar enfermos.

Una cortadura en la mano o en el pie tarda dos o tres días en sanar, casi media semana no trabajada; en el caso de los menores la mamá es la encargada de atenderlos. En ocasiones son los mismos niños los que se atan o vendan con un trapo para no ir al médico y seguir trabajando.

NIÑEZ AL MARGEN DE LA LEY

Pese a que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en su artículo 123 prohíbe el empleo de menores de 14 años, en las jornadas laborales este precepto es letra muerta. Por su lado la Ley Federal del Trabajo en sus artículos 174 y 175 señala que los mayores de 14 años y menores de 16 años deberán obtener un certificado médico, acreditar su actitud para el trabajo, someterse a exámenes médicos constantes y la inspección del área de trabajo. Sin el requisito del certificado ningún patrón podrá emplearlos.

Asimismo, destaca que los menores bajo ninguna circunstancia deberán ser expuestos a labores peligrosas (artículo 175, inciso E) o a trabajos superiores a sus fuerzas y/o aquellos que retarden su desarrollo físico normal. Sin embargo se hace caso omiso a estas leyes.

Pocos son los menores que no seguirán los pasos de sus padres cortadores de caña. Martha y su esposo se esfuerzan porque sus hijos estudien, otras mujeres de la galera del panteón procuran que al menos uno o dos integrantes de la familia asistan a la escuela permitiendo que les ayuden en el campo sólo en vacaciones o los fines de semana, aunque no confían mucho en la educación “dicen los ingenieros que les pagan bien poquito” comenta una joven de 22 años mientras cepilla un pantalón.

“Algo que debe quedar claro en el análisis de la situación de los niños y niñas jornaleras migrantes es que la desprotección tiene sus raíces en la pobreza, la desigualdad y la ausencia de in sistema de protección integral. Mientras no se realicen esfuerzos en políticas públicas destinadas a erradicar esta situación no se podrá erradicar el trabajo infantil” concluye la investigadora Fabiola González.