MUJER QUE ESCRIBE PARA RESISTIR

La poesía me ha salvado de mí, más no de mi condición de mujer.
El 8 de marzo de 2016 comencé un proyecto de escritura viva llamado Perfil y Portada; a lo largo de ese año, pensé y leí en voz alta la literatura producida por mujeres nayaritas en distintos barrios de la ciudad de Tepic. Las personas que formaron parte de esta actividad escribieron desde los diversos contextos que habitan.
En el 2017, escribí un ensayo extenso sobre lo vivido en el proyecto, la literatura nayarita y sus mujeres. Este marzo de 2018 quiero compartirles un fragmento, para seguir salvándome:

3. LES VOY A CONTAR UNA HISTORIA
Ele, con su canto intentaba descubrir el secreto sin borrar las palabras del sonido. En ocasiones, cuando las formas dejaban de ser amables y la rabia llenaba el presente, Ele canturreaba, muy bajo, sólo para sí:
Vivo en la Ele de lesbiana, lúser, loca, ligera, libertina, lisonjera, limítrofe, lela, lesa, lepra, lúgubre luciferina.
¡¿Y?!
Tú, vives en la hache, muda hacha,
a tres cuadras de la libertad,
y sin embargo, te hundes.

Pero cantar en la tierra de Ele estaba prohibido. ¿Desde cuándo? Se preguntó una mañana de primavera en que las calandrias dibujaban la trayectoria del sol en un gorjeo alegre. No lo sabía, más un rumor en el silencio le hizo sospechar que todo había comenzado en el tiempo en que le fue concedido a la Hache dominar las palabras de cualquier lengua humana y escupirlas al vacío hasta vaciarlas de sentido. Ele sintió el filo del dolor abrir su ser; un dolor atávico como la necesidad de canto, como la condena heredada de vivir en el sinsentido, como la memoria oscura que la llevó esa mañana a batir las alas.

¿Sabría Ele que moriría como el tocororo? ¿Estaba consciente de la jaula? ¿Quién es, qué es la jaula?

No mires atrás, le fue dicho a Eurídice. […] Pero ella miró atrás […]. Miró atrás por cansancio, por nostalgia, porque aún ardía en su tobillo la mordedura de la serpiente. Miró atrás y detuvo su marcha. Se detuvo (Maillard: 2015:33).

ELE OLVIDÓ EL MITO, ¿LO OLVIDÓ?
Ese día en que las calandrias dibujaron por la mañana la trayectoria del sol en un gorjeo alegre, Ele se detuvo al pie de la escalera a mirar por la ventana como lo hacía todas las tardes de primavera que estaba en casa. Gustaba de observar a distancia el gozo de las golondrinas al bañar su plumaje de tierra caliente. Comienzan el ritual a las cuatro de la tarde, hora en que el azul del cielo es luminoso pero no abrasador. Eligen un montículo de tierra seca y entran a él dando pequeños saltos sobre sus dos patas, se dejan caer de espaldas y aletean furtivamente hasta levantar una nube de polvo, ruedan veloces con las alas plegadas a su cuerpo sobre la cama de tierra, se ponen de pie en un salto, inclinan la cabeza y la frotan sobre el suelo diciendo no. Después, en un vuelo bajo, forman círculos para que el viento les peine las plumas y desprenda la fina arena que dejó en su cuerpo el mar de tierra. Pero ese día de primavera en que las calandrias dibujaron la trayectoria del sol en un gorjeo alegre y Ele se asomó por la ventana de su casa, en lugar de aves, encontró la muerte en la risa de una parvada de niños que celebraban rifle en mano, su buena puntería.

Bajó las escaleras llorando y sin temor ¿a qué? Salió de su casa y pronunció en voz alta, uno a uno los versos de los poetas que ya no cantaban bajo el sol de la tierra de Ele. De pronto, en el vacío de aquella mañana en que las calandrias dibujaron la trayectoria del sol en un gorjeo alegre, sonó otro disparo.

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