Los duendecillos de Zoatlán

Ahuacatlán//Francisco J. Nieves
Don Graciano –un nonagenario que habitaba en Ahuacatlán— contaba que en el tiempo que era chavalo todavía era común ver la llegada de grupos de revolucionarios hasta lo que hoy es el poblado de Zoatlán.

Decía que algunos permanecieron en los cerros y otros acampaban en los caminos vecinales. Su familia vivía en un ranchito, cerca de un camino que daba a la carretera internacional, mucho antes de que fuera pavimentada.

Narraba que había unos parroquianos que recién habían llegado de fuera. “Venían en varias carretas, seis adultos y como ocho niños de diferentes edades, algunos ya adolescentes”, me dijo alguna vez.

El padre de don Graciano ignoró siempre qué fue lo que motivó que llegara una cuadrilla de supuestos revolucionarios a los dos días que arribó esa familia. Parecía que alguien o algo los seguía.

El caso es que, “echando tiro” les gritaron a los hombres por su apellido, pero ellos ya habían montado a sus mujeres e hijos en dos carretas y habían salido huyendo, dejando sus pertenencias, no obstante que se observaban en muy buen estado; ropa, buena loza y víveres, los cuales robaron los hombres armados.

Relataba don Graciano que durante esa noche se oyeron ecos de gritos y lamentos a lo lejos, así como que había fogatas encendidas; y además muchos disparos. Que esa familia ya no volvió y al otro día encontraron los cuerpos regados; “lo más triste –decía, si mal no recuerdo—fue ver a los niñitos muertos, con el tiro de gracia. Ese día se veía todo muy triste y hasta se soltó el terregal exageradamente fuerte, aunque no era la temporada; parecía que la naturaleza se hubiera enojado por esa matanza que aquellos bárbaros sin escrúpulos habían hecho.

Luego se dieron cuenta que aquellos sujetos eran viles ladrones y no revolucionarios, ya que cuando llegaron algunos seguidores del General Buelna, la gente de los jacales les contó lo ocurrido y empezaron a buscarlos. Al poco tiempo fueron fusilados cerca del lugar donde habían cometido esos crímenes.

Desde entonces se dice que por esa brecha y en temporadas, empezaron a ocurrir cosas extrañas, como niños que atraviesan corriendo cruzando la carretera y al llegar al otro extremo desaparecen. Hay quienes dicen haber visto claramente duendecillos que ponchan las llantas de los camioneros. Saltan, brincan y hasta se comen el lonche de los choferes o desaparecen cosas de los vehículos. ¿Serán aquellas criaturas inocentes que un día fusilaron?

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