LA CRÍTICA Y EL VIGENTE ANCIEN RÉGIME

HISTORIAS DEL PODER
Carlos Ramírez

La aparición de la novela El vendedor de silencio, del escritor Enrique Serna, pudiera ser el punto de inflexión para revisar el papel de la prensa en la vida política nacional como la fábrica de consensos en el sistema/régimen/Estado priístas. Y para reconocer que de 1968 a 1982 la prensa crítica derrumbó al PRI como el Muro de Berlín y al presidencialismo como las estatuas de Lenin de nuestra transición inevitable.

Sin la crítica de la prensa no habría sido posible la alternancia partidista en la presidencia de la república; el desdén a la prensa crítica ha permitido la persistencia de las estructuras del viejo régimen. La libertad de crítica y el contenido de la crítica periodística ha sido el termómetro para medir transiciones y restauraciones. El punto de definición lo señala David Jiménez en su historia como director de El Mundo, de España: la prensa perdió función cuando el poder había dejado de temer a la prensa y la prensa era la que temía al poder.

La prensa llegó a asumir su condición de cuarto poder cuando los tres tradicionales habían construido un amasiato funcional, amoroso o autoritario. El Excelsior de Julio Scherer no fue un brazo autónomo de poder, sino que se ciñó a cumplir el papel señalado por Stendhal para la novela realista: el espejo que refleje la condición deplorable de los caminos. O, también Stendhal, un pistoletazo en medio de un teatro.

Echeverría fue el presidente más crítico del poder institucional, pero no aguantó la crítica de Excelsior. Y de Excelsior salieron los espacios crecientes para la crítica: Proceso, Vuelta, La Jornada, Uno Más Uno, El Financiero y otros en la capital, pero decenas en el interior de la república luchando contra los cacicazgos virreinales de los gobernadores.

La prensa desacralizó y secularizó el absolutismo presidencial. Sin esa prensa crítica no hubiera sido posible el desnudamiento del PRI, la demolición de los pedestales presidenciales, las victorias del PAN y de López Obrador. El 68 rompió la censura en medios, como revela la recopilación de Jorge Volpi en La imaginación y el poder. Una historia intelectual del 68.

La prensa destrozó a Juárez y Madero porque ellos no rompieron las estructuras de dominación autoritaria. La prensa hizo añicos a Díaz Ordaz y Echeverría. La prensa obligó a López Portillo a la amnistía a favor de presos políticos. La prensa acotó la política petrolera a favor de los EE. UU. La prensa detuvo el blitzkrieg contra el EZLN en enero de 1994. La prensa crítica desinfló a Peña Nieto. Y hoy la prensa acota la reconstrucción del presidencialismo unitario.
La crítica es el equilibrio social del poder absolutista. ¿Quién votó por ustedes?, reclamó el secretario de Estado de Nixon ante las crónicas de Vietnam que mostraban los engaños de la Casa Blanca.

La crítica es, en fin, lo que escribió Octavio Paz al final de Posdata, su ensayo contra el 2 de octubre en Tlatelolco:
“La crítica no es el sueño, pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones. La crítica es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. La crítica nos dice que debemos aprender a disolver los ídolos dentro de nosotros mismos. Tenemos que aprender a ser aire, sueño en libertad”.