¿FELICIDAD FICTICIA O REAL?

Abel Pérez Zamorano

La publicidad navideña invadió en esos días los hogares mexicanos con mensajes televisivos y con decoración e imágenes de personas felices celebrando; con propaganda comercial, música y “ofertas” navideñas en las tiendas, invitando a todos a comprar, festejar y ser felices. Esos fueron días de desear felicidad a todos y externar buenos deseos de bienestar para el año venidero. Y qué bueno que haya alegría en todas las familias, y que los deseos de aquéllos que nos quieren nos transmitan optimismo y nos den calor humano. Y también, como insiste la propaganda, y concuerdo, qué hermoso serían un México y un mundo donde reine la fraternidad entre los seres humanos. Por mi parte, hago extensivo mi mejor deseo de felicidad a todos, y, en los límites de mis posibilidades, a quienes tienen la paciencia y la generosidad de leer mis escritos cada semana. Deseo sinceramente para todos no sólo unos días, o un año, sino toda una vida de bienestar; y que al menos este mi buen deseo les exprese mi gratitud.

Sin embargo, y sin menoscabo de esa buena intención hacia mis semejantes, no puedo menos que ver que la forma en que están organizadas la sociedad, la economía y la política en México es lo más opuesto a la felicidad común; es más, conspira contra ella, y contra la armonía social, y más bien fomenta enconos, pues está concebida para dar en exceso a pocos y dejar en la miseria a los más, arrebatándoles la niñez y el futuro. Y es que, como todos sabemos, la propiedad de los medios de producción está concentrada en una elite empresarial, que controla el acceso al trabajo y el monto del ingreso que los demás podemos obtener, dando como resultado que haya, según estudios serios, 85 millones de pobres, y que uno de cada cinco mexicanos sufra pobreza alimentaria; hambre permanente, pues. Millones de campesinos están abandonando el campo orillados por la necesidad y buscan su sustento en los cinturones de miseria urbanos. A la carencia de ingresos vía salarios se suma un gasto público que no se orienta prioritariamente a atender las necesidades de los más marginados, por ejemplo construcción de viviendas de interés social, dotación de servicios públicos básicos o apertura de caminos a comunidades rurales aisladas. Tampoco al equipamiento de escuelas, o pagar bien a los profesores; en fin, a dotar de personal, equipo y materiales indispensables a los hospitales públicos.

Somos, según la OCDE, el país donde los trabajadores perciben los salarios más bajos y donde, paradójicamente, se laboran las jornadas más prolongadas. Esto viven quienes tienen un empleo, pero es sabido también que cerca del 40 por ciento de los ocupados sobrevive en la actividad informal. Por otra parte, debido a la crisis ya crónica en los Estados Unidos, la emigración está dejando de ser alternativa para atenuar las carencias de los mexicanos pobres: el número de quienes logran cruzar la frontera se ha reducido drásticamente desde 2007, y también el monto de las remesas recibidas.

La dieta popular sigue deteriorándose y depende en medida creciente del consumo de refrescos, donde ocupamos el primer lugar mundial, y de la ingesta de comida chatarra, lo que nos ha llevado a ser el país con más obesidad en niños y en adultos, y a una elevación en la prevalencia de diabetes. El uso de químicos en muchos alimentos, aunado a la contaminación del aire, el suelo y el agua, causada por empresas industriales, gran parte de ellas transnacionales, ha provocado también daños graves a la salud de los mexicanos. Además, las estadísticas médicas reportan un peligroso incremento de padecimientos mentales asociados con la pobreza, el desempleo, la desintegración familiar, etc. Agréguese a esto el aumento en el consumo de drogas.

También sabemos, por la OCDE misma, que entre sus países miembros tenemos los peores niveles educativos. Las grandes universidades públicas rechazan hasta el 90 por ciento de los aspirantes, pero además un elevado número de estudiantes, desde el nivel básico hasta el superior, deserta por causas asociadas a la falta de recursos, lo que nos ha llevado a que más de 7.5 millones de jóvenes no puedan asistir a la universidad ni emplearse, dejando como saldo un enorme derroche social de energías e inteligencia. En materia de seguridad, en el sexenio anterior se contabilizaron arriba de 70 mil muertes violentas asociadas a la pretendida “guerra” contra el crimen organizado.

Pero volviendo a lo dicho en las primeras líneas, yo no creo que basten los buenos deseos para que en estas condiciones la mayoría de los mexicanos puedan tener un año nuevo muy próspero. Más bien, si en verdad deseamos que todos gocen de un verdadero bienestar y no de simple sobrevivencia, como hoy ocurre, es necesario hacer algo más que desear felicidad. A este respecto, hay quienes se quedan en la pura y simple conmiseración, pero la lástima nada cambia. Otros ofrecen en estos días limosnas, pensando que al regalar una cobija o una chamarra al que padece frío, o convidar un poco de comida al menesteroso se resolverán sus penurias. Cuando mucho estas acciones, quiero pensar que nacidas de buenos sentimientos, sólo ayudan a dejar tranquila la conciencia de quienes dan la limosna, pero no transforman la vida de los desdichados.

Personalmente considero que la única solución efectiva es cambiar la organización actual de la sociedad, sobre todo en materia de distribución del ingreso, poniendo como fin económico supremo en la producción, ya no la ganancia, sino la satisfacción de las necesidades sociales. Eso significa crear más empleos, y bien pagados; gastar el dinero público en la atención de las carencias de los más necesitados, y no para seguir subvencionando a las grandes empresas, sobre todo transnacionales, ni para obras faraónicas; emplearlo para apoyar a estudiantes pobres, con becas, internados y comedores, y para equipar y construir escuelas dignas; para dotar de recursos a los hospitales públicos hoy abandonados; para apoyar el esfuerzo productivo de los campesinos de bajos recursos; para difundir la cultura, etc. Más todo esto será posible sólo a condición de que la sociedad, sobre todo los más afectados, adquieran conciencia y se decidan a organizarse y reclamar lo que es suyo. Así pues, esto último es mi mejor deseo para todos los pobres de México.

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