¡Dos corazones piadosos!

Francisco Javier Nieves Aguilar

**EN MEMORIA DE RAMÓN ARVIZU

Sus cenizas se perdieron en el mar Así lo quiso él. Bethy, su esposa, con el corazón destrozado cumplió sus deseos. Pero el alma de Ramón divaga. A veces –pienso– se le puede ver recorriendo las playas de San Diego. Otras quizás ronde por las calles de Ixtlán; y seguro también debe visitar de vez en cuando las estrechas callejuelas de la colonia Demetrio Vallejo, en Ahuacatlán.

Ramón Arvizu murió hace alrededor de tres años, pero dejó un legado ejemplar: su amor al prójimo, su sensibilidad humana y su generosidad; cualidades que, hay que decirlo, supo transmitir a Bethy, a quien Dios la proveyó dotándola de un corazón del tamaño del mundo.

Gracias a ese altruismo se logró prolongar la vida de mi esposa luego del trasplante renal que exitosamente realizaron los galenos del Centro Médico de Occidente, en Guadalajara. Bethy fue la donadora, pero detrás de todo esto hay una historia no muy común en el en Pacífico Mexicano; tal vez hasta inédita.

Todo inició con el contacto que la familia Nieves Cosío estableció con Ramón a través de Internet, por medio del Messenger, específicamente. Desde San Diego hasta Ahuacatlán; de Ahuacatlán hasta San Diego. ¡Bendita herramienta cibernética!

Fue de esta manera como nos conocimos y fue este el origen de la donación.

Previamente Ramón supo de todo el proceso que llevó el trasplante de mi hijo Omar. Después conoció el caso de mi esposa, quien, con su insuficiencia renal pasó muchas pruebas, sufrimientos continuos, cansancio y enfado. Las tres sesiones de hemodiálisis por semana no eran para menos, y mínimo en tres ocasiones se vio al borde de la muerte.

Desplazarse de Ahuacatlán hacia Tepic durante tres años y tres veces por semana produjo mucho desgaste físico, preocupaciones y penurias constantes debido a las fuertes limitaciones económicas; pero la mano de Ramón y Bethy siempre se hizo presente.
Corrían los primeros días de enero de 2014 cuando Ramón, ahora a través del Facebook, me confesó: “Quiero donarle un riñón a tu esposa, ¿qué debo hacer?”. Al principio creí que se trataba de una broma, ¡cómo una persona sin conocerse personalmente se decide a donar un riñón!

Sin embargo, Ramón no bromeaba y de inmediato se sometió a estudios clínicos allá en San Diego. Resultó con el mismo tipo de sangre de mi esposa – O+ –. Pero, ¡oh sorpresa!, le descubrieron cáncer. Ya no pudo donar; a los cuatro o cinco meses falleció; pero antes y postrado en cama, se dedicó a arreglar asuntos familiares para aligerar la carga de Bethy, la cual, a su vez, cumplió al pie cada indicación, como el arrojar sus cenizas al mar.

Concluido ese ciclo, Bethy abrazó entonces la idea de ser ella lo donadora. Así lo hizo saber a la familia y, al igual que Ramón, también se sometió a estudios clínicos.  Mismo tipo de sangre – O+ –. Todo en orden. El 26 de septiembre del 2014 arribó a Puerto Vallarta dejando en San Diego una vida plagada de satisfacciones al lado de su extinto esposo.

De inmediato inició el protocolo. Traslados a Guadalajara dos o tres veces por mes, donadora y receptora; siempre juntas. Los exámenes clínicos, las pruebas cruzadas, los estudios de compatibilidad fueron superados y en noviembre del 2015 el cuerpo médico de trasplantes anunció la fecha de operación: 25 de enero del 2016. Pero había que internarse dos días antes. Y fue así como se presentaron el sábado 23 para ser “preparadas”. Cuarto aislado del cuarto piso; torre de especialidades del Centro Médico. Camas 412 y 413.

Lunes por la mañana; todo parecía estar listo para ser conducidas al quirófano, pero en eso recibimos la noticia: “el trasplante se va a posponer”, nos dijeron. Habían llamado de urgencia a tres pacientes que se encontraban en la lista de espera tras presentarse un donador cadavérico al que le extirparían sus dos riñones y el hígado.

Ni modo. Bethy y mi esposa continuaron en el cuarto aislado. La dieta no cesó. Horas de intenso sufrimiento, de angustias y zozobras. Llegó el martes, martes 26 de enero. Las tensiones se multiplicaron.

Temerosos, inquietos. ¡Muy nerviosos todos! Una situación tensa en extremo. Intercambio de miradas en familia. Se había llegado la hora, ¡pero mi esposa no salía del cuarto! ¡Algo estaba pasando! Momentos de angustia, pero también de esperanza, porque todo estaba listo para el trasplante.

Desde antes del amanecer la familia se reunió en los pasillos del cuarto piso. Por momentos pensamos que el trasplante se vendría abajo debido a una crisis emocional de mi esposa. Bethy estaba más tranquila. A las ocho de la mañana con 47 minutos llegó el camillero por ella para ser conducida al quirófano.

Pensamos que enseguida harían lo mismo con mi esposa. ¡Los minutos se hicieron siglos!; algo estaba pasando. Un doctor sostuvo que ella estaba “bloqueada”. La adrenalina se disparó al mil. Todos nos sumimos en una angustia terrible.

Mi cabeza de pronto empezó a dar vuelta; sentí que perdía el conocimiento. No quise asustar a mis hijos. Subí al quinto piso; me recosté en los sillones y, de pronto, ¡ya no supe de mí! Perdí la noción del tiempo. Al volver en sí, miré a mi familia alrededor; pero ellos no se dieron cuenta que me había desmayado.

Bajamos de nuevo al cuarto piso. Omar sostuvo una breve charla con un doctor y respiramos aliviados cuando vimos a mi esposa salir del cuarto envuelta en una sábana completamente esterilizada. ¡Ahora sí se había llegado la hora!

Bethy y mi esposa se reencontraron en el quirófano. En breves minutos se realizaría el trasplante. La familia estuvo siempre a la expectativa, pidiendo a Dios que todo saliera bien.

A las 12:42 sacaron a Bethy. Estaba sedada. Aun así preguntó por “Tachita”. De ahí fue conducida al área de recuperación. Anahí mi hija permaneció atenta a ella, mientras nosotros esperábamos informes de mi esposa.

Pasaban unos minutos de las dos de la tarde cuando vimos salir del quirófano al doctor Gerardo García, el galeno que implantó el riñón. “Todo salió muy bien. No hubo complicaciones. Ella ya está en el área intensiva”, nos comunicó.

Mi esposa permaneció en ese espacio durante casi dos semanas. Su nuevo riñón – donado por Bethy – de inmediato hizo su función. Rápido se eliminaron las toxinas. De ahí en adelante se le suministraron los medicamentos post trasplante.

De eso, insisto, hace poco más de un año. Mi esposa continúa con su tratamiento para cuidar lo mejor posible ese bendito órgano que de manera altruista le donó Bethy Arvizu, quien a su vez regresó a los Estados Unidos sin esa partecita de su cuerpo. ¡Bienaventurada sea ella! Mil abrazos para ella y mil abrazos para Ramón, quien seguramente se encuentra allá en el cielo gozando de la dicha del Señor.

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