CLAROSCURO: NACIÓN ORTIZ (1997) -OCTAVA PARTE-

Rigoberto Guzmán Arce

A mi padre Manuel Guzmán Valle. No te olvido.

Sí, mi padre había dejado su último trabajo en la Junta de Conciliación y Arbitraje, entonces buscó en qué entretenerse, fue uno de los testigos cotidianos cuando construyeron la autopista al norte de la ciudad, todo el proceso. Diario en la mañana temprano se llevaba una bolsa de ixtle con algún pan, unas galletas y su litro de agua.
Ya se regresaba tarde y como el cronista oficial, narraba los incidentes, el trueno cuando los cerros temblaban por la dinamita, la apertura por fases y el constante movimiento de seres y máquinas. Maravillado y con su voz fuerte, moviendo las manos se enfrascaba en los relatos, y mi madre callada escuchando el heroísmo de Manuel, alias “Chiquila” de estar allí describiendo el cambio de la historia de la comunicación.

Mi padre limitado en el estudio escolar, nacido en La Cuata, poblado contiguo a El Terrero, que osado enamoró a la maestra Dolores en la pausa de una canción y otra: “ qué triste es querer y no poder”. Nacimos gracias a esa cautivante frase.

Se refugiaba para todos sus males de ir envejeciendo, en las pastillas de envoltura amarilla, a cada momento y si le dolía la cabeza, los pies, sus manos, pronto una buena dosis y fumaba hasta una cajetilla y cuando le llegaban las depresiones se fumaba dos.

Utilizaba guayaberas, y en su juventud tenía unos ojos negros de mirada profunda y mentón partido, pestañas chinas, de ceja abundante y de recortado bigote, que fue el consentido de su madre Félix y padre Leopoldo.

Alto de huesos largos, manos fuertes y caminado veloz, trabajó de cantinero, mesero, cuidador de La Sidra, seguidor del PRI, que una vez me quemó dos carteles del Che Guevara y Fidel Castro: “vieja, dile a Beto que se deje de fregaderas, de andar con ese José Luis Sánchez anunciando en esa camionetita, mis amigos me hacen la burla y me pueden castigar en el partido”. Al último se desencantó de tanto ratero y de Salinas de Gortari y votó en 1994 por Cárdenas y después se hizo panista.

En un instante se quebró la rodilla al cruzar la calle y nos tocó llevarlo al ISSSTE de Zapopan, después de un tiempo complicado, de nuevo estaba en su espacio su cuarto con la ventana abierta, reflexionado tanto que le gustó vivir así. Seguramente recorría su juventud otra vez y la velocidad del tiempo no le perdonó, volvía a sus orígenes, de sus amigos entre ellos al hombre mal encarado que le decían El Sabroso.

También se le agudizaba los dolores del hígado y se le inyectaba hasta en madrugadas martirizantes, mi hermano Manuel y mi madre sufrieron ante los sacudimientos. Sí, mi padre envejecía, doloroso, yo que lo vi desafiando a los vientos, su porte y su bohemia se le fue secando el cuerpo y agrietando el alma.

En aquellos meses, por fin me decidí comprar casa, algún solar para construir. No busqué en otros barrios, quería en el mío, resultó más difícil, después en la colonia Cristo Rey; no existió la casa anhelada. Resignado, pero una tarde mi madre me dijo que en la esquina vendían un corral y cierto, existía un anuncio pintado con cal.

Me asomé por el patio de mi prima Esther y estaba amplio el corral, pronto me comuniqué a León, Guanajuato con el dueño, a los tres días ya estábamos haciendo trato. Retiré mi pequeño capital, mis ahorros y me quedé sin dinero al pagar las escrituras, pero el gusto de vivir por fin en la Nación Ortiz.

Muy pronto se cortó el listón de felicidad, conseguí a un maestro de la construcción exageradamente trabajador, don Miguel Ayón. Al mes ya se delineaban los planos, mientras restringía mis gastos para que mi quincena ajustara.

Pero no todo en la vida es oro, mi padre enfermaba cada vez más, de nuevo los viajes al ISSSTE. En el hospital en una cama, días y noches en vela, mis hermanas Gloria y Rosa, me tocó una noche velar acostado en el suelo con las luces encendidas y los gritos de enfermeras y en la conversación con doctores un verdadero martirio.

Una tarde cuando una hermana lo ayudaba a bañarse, al rasurarse, detuvo el rastrillo y la mano y se quedó mirando al espejo: “ay Chiquila, mira en lo has quedado”. Se atormentaba.

En abril, a principios de un abril tan complejo, se agudizó su enfermedad, la cirrosis hacía estragos y fueron varios días cuando acostado movía sus músculos sin dominio, sin la voluntad. Se recurrió a un doctor, se le recetaron pastillas de calcio. En noche antes, ya no reconocía en donde estaba, aturdido, se le llevaba al baño.

A las ocho de mañana, le dieron las primeros espasmos, entre mi hermano Manuel y yo, estuvimos en su cuarto, mientras mi madre, Gloria y Rosa, estaban en la sala, rezando y sumidas en sus pensamientos. Le tengo tanto miedo a la muerte, pero ver a mi padre sufrir me trastocó hasta el final.

Agonizaba y se sangraba la lengua porque se la mordía. Por órdenes del doctor, le pusimos un palito de madera y se sacudía, lo tomamos de los brazos y de las piernas y luchaba por ese halito de vida que le quedaba, defendía la luz que fue perdiendo en los ojos, perdió la vista y llorando vi sus ojos de color ceniza.
El palo lo dejó sangrado y murió, mi padre Manuel a las doce del día con el sonido de las campanas en un terrible abril… Continuará el próximo viernes.

 

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