Periodico Express de Nayarit
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Ni con el mejor aditivo

Francisco Javier Nieves Aguilar

2015 / 06 / 23

 Marta y Juan –una pareja que habitaba una finca de la colonia El Llano, en Ixtlán– fueron de compras a Tepic.
Allá en la capital avistaron un vivero hermoso, con plantas frutales y de ornato preciosas, siendo entonces que a ella se le ocurrió cultivar un jardín.

Durante un año Marta estuvo insistiendo ante Juan que le preparara la tierra para cultivarlo. Finalmente, él accedió. Prepararon juntos la tierra mezclándola con los mejores fertilizantes y aditivos para su terreno.

A Marta no le gustaban las flores que había por acá en Ixtlán, por lo que le pidió a su esposo que las compraran allá en Tepic, en el vivero que habían visto.

Un viernes por la tarde viajaron a la capital y ella eligió entusiasmada varias plantas. Casi todas muy caras. Va a ser el jardín más lindo de todo el barrio, pensó. Nadie podrá igualar estas bellezas.

Se trajeron las plantas y Marta empezó a trabajar inmediatamente. Plantó y regó, puso fertilizante, observó y esperó. Pero no pasaba nada. Una por una, las hojas se fueron poniendo amarillas y se caían.

Al terminar la primavera, no le quedaba ni una sola planta. Todas se habían marchitado y muerto.

Marta tuvo que acudir personalmente al vivero para exigir que le devolvieran el dinero. El encargado le dijo entonces:

-Señora, usted me dice que plantó sus flores en una zona de sombra y que les echó los mejores nutrientes disponibles. Sus plantas no crecieron por las siguientes razones: Las plantó en un lugar equivocado. Usted, cuando vino a comprar sus plantas se guió por las más bonitas, pero nunca nos dijo donde las plantaría. Yo traté de explicarle pero usted se puso necia y a fuerzas se llevó las plantas que quería. Le explico que este tipo necesita recibir sol directamente; y aunque se esmeró en preparar el terreno, estas plantas, sin excepción mueren si no les da el sol.

Así es nuestra vida. Podemos invertir muchas horas y dinero en embellecernos. Pero si no recibimos al Hijo, nos vamos a marchitar y, finalmente, moriremos. Ningún “aditivo”, por caro que sea, podrá ocupar el lugar de la luz del Hijo en nuestra alma.