Periodico Express de Nayarit
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De política y cosas peores : Uruapanizado 

Armando Fuentes Aguirre (Catón).

2012 / 04 / 17

Esta es la “Historia de Pocho”. Tan triste relato no puede leerse sin un sentimiento de desolación, quizá debido a que hoy es lunes... Aquel niño se llamaba Expósito. ¿Puede alguien vivir con ese nombre? Sus papás le decían Posito, motivo por el cual los otros chamacos lo hacían víctima de albures execrables: “Aquí está el Posito”. “Que pase”. Lo zaherían con toda suerte de indecentes juegos de palabras. Le decían, por ejemplo: “Posito: dame razón de tu mamá”. El inocente niño respondía que la señora estaba muy bien, gozando de cabal salud, y agradecía mucho el interés mostrado en la persona de su señora madre. Entonces los perversos chiquillos soltaban el trapo de la risa, y se alejaban entre sonoras carcajadas que dejaban al infeliz Posito lleno de confusión y apesarado. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, Posito creció fuerte y robusto. Entonces nadie le dijo ya Posito, sino Pocho. Todo mundo lo conocía con ese nombre, y todos lo temían y respetaban por su estatura procerosa y su vigor. Se acabaron los calambures, logogrifos y retruécanos. Llegó el día en que Pocho se casó. La noche de bodas se quitó camisa y camiseta, y le mostró a su desposada la torosa musculatura que había conseguido en largas sesiones de ejercicios alterofílicos, y mediante el método (tensión dinámica) de Charles Atlas. Profirió la novia en éxtasis de admiración al ver el expandido tórax de su amado: “¡Qué pechote, Pocho!”. Se quitó el lacertoso mancebo el pantalón, y mostró su bien guarnida parte abdominal. Exclamó, arrobada, su flamante mujercita: “¡Qué panchota, Pocho!”. Finalmente el galán dejó caer la última prenda, la que le cubría la parte alusiva a la noche nupcial. Vio la muchacha la mencionada parte, que no correspondía al tamaño de las demás que había visto, y preguntó con desolado acento: “¿Qué pachó, Pocho?”... Una señora se presentó ante el juez. “Anoche fui objeto de una violación -se quejó-. Estaba con mi esposo en casa, viendo la televisión. Sentí sueño y me fui a acostar. Estaba ya casi dormida cuando un hombre se metió en la cama y tuvo sexo conmigo. En la oscuridad creí que era mi esposo, pero no: era un individuo que entró por la ventana y por ahí mismo salió después de hacerme dos veces el amor”. Preguntó el juzgador “¿Cómo supo usted que aquel hombre no era su marido?”. Responde la mujer: “La primera vez sospeché que no era él. La segunda tuve la seguridad de que no era él”... Fui a Uruapan, y regresé uruapanizado. ¡Qué hermoso lugar ése, jardín espléndido en medio de ese vasto jardín que es Michoacán! Supe que los uruapanenses, igual que los michocanos todos, no se dejan abatir por los malos gobiernos y los malos hombres, y luchan y trabajan cada día por hacer de su ciudad y de su Estado un lugar donde se pueda vivir y trabajar en paz. Desde niño oí hablar de las bellezas de Michoacán. En la coral del Zaragoza, colegio invicto y triunfante, cantábamos aquella bella canción que incita a las palomas a detener su vuelo: “Si van al paraíso, sobre él volando están”. Y luego, dirigiéndose a la tierra michoacana: “Tú sí tienes de qué presumir”. ¡Vaya que tiene! Vi las aguas tranquilas -y bien cuidadas por sus habitantes y vecinos- de Zirahuén. Traje a mi casa los prodigios salidos de las manos de sus artesanos. Disfruté las galas de su cocina: ¡ah, esos uchepos con sabor de gloria, y esas delicias de la Casa de Blanca, donde la rica gastronomía michoacana se conserva entre bellezas de paisaje y tradición! Fui al sitio encantado en donde nace el río Cupatitizio -ver nacer el agua es como ver nacer a Dios-; escuché la leyenda de la rodilla del Diablo, y oí cantar una pirecua dolorida. Además por un feliz azar hallé una librería -yo no busco los libros; ellos me encuentran a mí- de adecuado nombre, pues se llama Paraíso, y ahí me hice de muy buenos libros por muy pocos pesos. El Paraíso, vuelvo a decir. Vuelvo a decir: el paraíso. Eso es Uruapan, y eso es Michoacán. Gracias a mis cordiales y amabilísimos amigos de la Canacintra: a Alfonso, Diana y Luis, a Mario e Isabel, por ese regalo de vida que me hicieron con su invitación y sus finas atenciones, como antes se decía. Espero con el alma -y también con el cuerpo- regresar a Uruapan. Mientras tanto estoy ya uruapanizado. FIN.